Tirando del carro

Medio millar de inmigrantes africanos recogen cada día chatarra en las calles de Barcelona. Su estampa, empujando carros de hipermercado, se ha hecho común en la ciudad desde hace dos años. Hacen su recolección en contenedores, obras y edificios abandonados. Industriales de las afueras de Barcelona les pagan el producto de su trabajo a 30 céntimos el kilo; de diez a veinte euros por doce horas de acarreo. Estas son sus historias.

Después de muchos intentos buscando trabajo no me quedó otra alternativa que coger un carro y ponerme a buscar chatarra, si no ¿qué hago? No puedo sentarme y pedir dinero a la gente. ¿Qué les pido? ¿uno o dos euros? No, cojo el carro y me busco yo algo de dinero”. Abou Soumaoro es firme con su postura. Él es uno de los pocos inmigrantes africanos que tiene los papeles en regla y se dedica a recolectar chatarra para luego venderla. Cobre, metal, hierro, pero también piezas de ordenador, tuberías o motores de lavadora. Todo vale. Abou lleva once años en España y, tras dedicarse a la agricultura en Lérida y ayudar a un amigo con algún apaño eléctrico, decidió que la chatarra podía ser una alternativa viable. La situación no es fácil y tiene claro que si en un año no encuentra trabajo volverá a su país de origen, Guinea, donde le esperan su mujer y sus dos hijos, menores de edad. “Trabajo durante diez u once horas diarias y, si tengo mucha suerte, gano cerca de diez euros. Con este dinero no puedo mantenerme, por eso prefiero volver”.

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Abou Samoro tiene claro que si en un año no encuentra trabajo volverá a Guinea con su familia

Pero no todos ven como una opción irse de Barcelona. Frank Bediako dejó a su familia en Ghana y partió en busca de trabajo. “Me encantaría que mi mujer e hijos se viniesen para aquí, pero hasta que no consiga los papeles y un contrato de trabajo no pueden”, explica Frank. Él es una de las más de doscientas personas que, hasta hace poco más de seis meses, vivían en el asentamiento de la conocida nave de la calle Puigcerdà,“Ca l’Africá”, en el barrio de Poblenou, de la que fueron desalojados por el Ayuntamiento de Barcelona.

Tras el desalojo, Xavier Trias, alcalde de Barcelona, se comprometió a garantizar techo a todas estas personas y a seguir con el Plan de Asentamientos, que ofrece itinerarios de inserción laboral, sin distinguir entre los que tienen papeles y los que no, y pisos de alojamiento temporales. El problema fue que, tras el desalojo, algunos de los que intentaron acogerse a este plan decidieron desistir porque el proceso es lento y, además, mientras están apuntados y a la espera deben dejar su trabajo (la mayoría en la chatarra) y son muy pocos los que se lo pueden permitir. A mayores, Trias prometió que ninguno de los que no cuentan con papeles sería detenido ni llevado al Centro de Internamiento para Extranjeros de Zona Franca.

Panorama actual

repor_7Seis meses después, solo nueve de los más de doscientos desalojados han conseguido regularizar su situación. Cada martes y jueves se reúnen en Ateneu La Flor de Maig con integrantes de la Red de Apoyo a los Asentamientos de Poblenou. Aquí es donde reciben un asesoramiento personalizado que les ayuda a tramitar las solicitudes del certificado de arraigo social, primer paso para poder obtener más tarde un permiso de residencia y trabajo de un año.

Conseguir esto requiere un gran esfuerzo, ya que para ello es necesario que cada uno solicite sus antecedentes penales a su país de origen, que puede costar entre 200 y 300 euros y la mayoría no se los pueden pagar”, explica Montse Milà, encargada de gestionar los permisos residenciales y de trabajo con el Ayuntamiento y Generalitat y activista de la Red de Apoyo a los Asentamientos de Poblenou. “A muchos se lo pagan sus familias y al resto lo intentamos a través de una recolecta que realizan los vecinos del barrio en una cuenta bancaria”, complementa su compañera Mar. A comienzos de año, sus números les muestran que son setenta las solicitudes que ya están enviadas, pero el proceso es muy lento y continúan a la espera.

Mamadu Sow es uno de los muchos que aguardan la resolución de su solicitud. Tiene 38 años y nació en Senegal. Llegó a Barcelona hace ocho meses y parece que la suerte le sonríe dentro de lo dramática que es esta situación. Después de ser desalojado de la nave de Puigcerdà una compañera le ofreció su casa. No paga alquiler pero colabora con las cosas necesarias en el día a día (aceite, agua, papel, etc). “Ella me riñe cuando compro algo y me dice: ¡Envíaselo a tu familia! Pero es lo mínimo que puedo hacer”, explica Mamadu.

En comparación con otros casos, se podría decir que Mamadu, quizás por una cuestión de suerte, se lleva al bolsillo unos ingresos mayores que los de otros compañeros de profesión. “No puedo decirte la cantidad exacta que gano, depende del día. Unas veces gano 20 euros, 50, 100, 200… En cambio hay veces que no gano nada en dos días seguidos o más. Es cuestión de buscar, tener suerte y que “el de ahí arriba” te ayude”. Mamadu cuenta como, además, tiene gente que lo conoce y lo llama cuando van a tirar chatarra para que se pase a recogerla. “Esto es algo que no todos los chatarreros que conozco tienen la suerte de contar con ello”.

Como en todos los negocios, la competencia está a la orden del día y la chatarra no es menos. Mamadu explica que no vende siempre su género en el mismo lugar.  El motivo es que estos lugares alteran los precios “para competir entre ellos y que elijamos la suya y no otra”.

Este joven senegalés tiene claros unos principios que sabe que si no son alterados, todo irá bien. “Nunca tuve problemas con la Policía. En otros sitios donde estuve no hay chatarreros como aquí. Me gusta Barcelona por la libertad que ofrece. No tengo papeles, hay que seguir las normas: no pelearse, no robar, no causar problemas… Dedicarme a lo mío y punto”.

Su vida es tranquila, no ha tenido a día de hoy ningún problema por querer buscarse la vida en un país diferente al suyo. “Te diré algo con lo que no tuve nunca ningún problema desde que estoy aquí: el racismo. No hay racismo, o eso me lo parece a mí, ya que en ningún momento sentí discriminación por ser negro o de otro país”.

Salir todos los días a la calle con su carro se ha convertido en su forma de ganarse la vida y no le disgusta. “Soy feliz trabajando en la chatarra, prefiero esto antes que nada”, asegura.

Una situación complicada

Florino llegó hace un año desde Rumanía. No tiene ningún problema en explicar su historia y lo que le llevó a trabajar en esto, pero sí se muestra reacio a dejarse fotografiar. Y como él, muchos otros. Tienen sus motivos. El primero de ellos es su situación irregular y el temor a la exposición pública de su caso y ser reconocido. Además, y debido al constante flujo y a la globalización de contenidos que se produce gracias a internet, “tienen miedo de que estas fotos lleguen a su país, y sus familiares y/o conocidos vean la situación en la que viven, cuando se supone que se fueron de allí para tener una vida mejor”, explica Mar, activista de la Red de Apoyo a los Asentamientos de Poblenou.

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Dos jóvenes se cruzan en las calles de Barcelona mientras recogen chatarra

También existe un cierto desaire con el mundo del periodismo por parte de este colectivo. Son muchos los que no tienen ningún problema en contar sus historias, pero otros están cansados de explicar a los medios su situación sin que nada a su alrededor cambie: ellos siguen sin papeles, sin trabajo y sin vivienda. Montse Milà cuenta que “desde la entidad vecinal les explicamos que hablar con la prensa y la televisión les ofrece una mayor visibilidad y es más probable que la gente se solidarice con sus casos y ayuden. El problema es que ya son muchas las ocasiones en las que han sido entrevistados y nada ha cambiado. De ahí esta negativa, no porque se les dé un tratamiento incorrecto ni mucho menos”.

Da igual su procedencia, son muchos los que continúan llegando a Barcelona con la esperanza de encontrar un puesto de trabajo para poder mantenerse y, la chatarra es una de las opciones que se les presenta y a la que acceden, la mayoría, como último recurso. Algunos se plantean irse si su situación no se regulariza, ya que en su país de origen se puede vivir con menos dinero que aquí. Pero otros no pierden la esperanza y continúan luchando por la regularización de sus papeles y poder formar aquí la vida que no consiguieron en su país por la falta de oportunidades. Eso sí, lo más valioso para ellos no es el cobre  que encuentran, sino sus principios.

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