La guerra como equipaje

Hay formas de vivir un conflicto y, sin duda, la peor es hacerlo desde dentro. Como es el caso de Siria. Hay un pedazo de este pueblo que, por circunstancias o motivos diferentes, han tenido que salir del país y están viviendo esta lucha desde la distancia, ya que, en muchos casos, no les está permitido volver. La mayoría tiene motivos para continuar apoyando a su pueblo y soñar con una Siria mejor.

Hace apenas dos meses se cumplió el tercer aniversario de la guerra civil que asola Siria y no existen, por el momento, perspectivas de que llegue a su fin. Tres años han pasado desde las primeras protestas en Daraa en contra de la dictadura de Bashar al-Assad. “La revolución siria ha cambiado mucho. Han entrado muchos grupos islámicos, muchas manos extranjeras: Irán, Irak, Líbano, Arabia Saudí, los países del Golfo… Todo el mundo está mandando hombres para luchar a Siria”, explica Kamal Dalati, anestesista sirio de 26 años que vive en Madrid desde hace poco más de un año. Kamal llegó con la intención de continuar sus estudios de medicina, pero a día de hoy todavía no puede por cuestiones burocráticas.

Kamal Dalati durante una operación en un hospital de campaña.

Este sirio cuenta que tomó la decisión de venirse a España porque no había otras opciones:“Estaba obligado a hacerlo prácticamente porque yo trabajaba en un hospital de campaña con mis compañeros y teníamos que ayudar a la gente en secreto. Cuando comenzó el conflicto yo estaba trabajando en un hospital militar en Siria, donde el servicio militar es obligatorio, y yo no podía hacer nada. Trabajando allí no se puede hablar sobre la revolución ni sobre el pueblo. Solo hablaba como un militar que tenía miedo por su vida”.

Kamal tiene en Madrid una prima polaca que lleva cinco años trabajando allí y le envió una carta de invitación a la embajada de España en Beirut (Líbano). “El Gobierno me estaba buscando y tuve que escaparme de mi pueblo, Al Zabadani, por las montañas porque había muchos puestos de control por el camino. Quién me ayudó a escapar hacia la frontera entre el Líbano y Siria fue un contrabandista. Entré por la noche y me quedé allí durante 42 días hasta que conseguí el visado español, llegando a Madrid el día 5 de abril de 2013”, relata.

Mowafak Kanfach es el propietario de la Casa del Libro Árabe (situada en el barrio del Raval de Barcelona) y es uno de los miembros fundadores de la Asociación sirio-catalana por la libertad y la democracia. Kamal y él son de generaciones diferentes pero coinciden en la mayoría de su discurso sobre este conflicto. “Me vine a España en 1983 y presenté mi solicitud como refugiado político que me dieron al año siguiente y, desde ese momento, soy refugiado protegido por el Gobierno español. Fue en el año 79 cuando me fui de Siria y en todo este tiempo nunca he dejado de luchar contra el régimen dictatorial, nunca he dejado de escribir sobre esto”.

Mowafak explica que el día 6 de marzo del año 2011 regresó a Siria de manera ilegal, donde organizó con sus compañeros de la plataforma la primavera árabe de Siria y dónde decidieron que el día 8 sería la primera manifestación. “El problema fue que me pillaron y me metieron 28 días en la cárcel, siendo sometido a siete interrogatorios diferentes, por lo que se aplazó para el día 15, un día antes de que yo partiese de vuelta a Barcelona”. Explica que en esa primera manifestación se reunieron alrededor de 180 personas en el centro de Damasco, donde “hubo represiones y, posteriormente, unos días de calma. Después de esto unos niños de la ciudad escribieron en las pizarras de la escuela “El pueblo exige el fin del régimen”, una frase que se ha sentido mucho en la revolución, y estos niños fueron torturados o asesinados. Para mí esto fue lo que desencadenó el inicio de las revueltas”.

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Miedo sin fronteras

Kamal explica con seguridad que sus amigos, que también eran médicos, y él tenían la necesidad de trabajar como ayudantes al pueblo porque “el Gobierno tiene sus hospitales pero el pueblo no tenía nada. Son muchos los médicos que tienen miedo por eso no venían a ayudarnos a los hospitales de campaña. La situación allí es terrible, no hay cosas tan básicas como medicamentos o electricidad, y así es difícil intentar curar a alguien. En ocasiones teníamos que hacer operaciones con cosas muy básicas o anestesiar al herido sin algunos de los medicamentos necesarios”.

Mowafak Kanfach en una de las manifestaciones que convoca la Asociación sirio-catalana. Fuente: http://www.ir7al.info

Y es que ese miedo está extendido por toda la población civil y no solo la que está en Siria. En Cataluña hay unas 5.400 personas procedentes de Siria y muchas tenían miedo a expresar su oposición aunque fuese en Barcelona, en las primeras manifestaciones que la Asociación Sirio-Catalana organizó. “La gente tenía miedo de que el régimen pudiera tomar represalias contra su familia, sabían que eran capaces de todo. Quedan muy pocas personas que estén a favor de al-Assad, o bien tienen miedo a decir lo contrario o es porque se benefician de este régimen. Es imposible que tengan apoyo cuando no hay prácticamente ninguna familia que no haya llorado por algún ser querido o conocido que hayan perdido antes y durante la revolución”, explica Mowafak.

“Yo me siento culpable, en el momento en el que planificamos esta revolución no pensamos que iba a suceder esta masacre”, cuenta el fundador. “En su inicio la revolución fue pacífica pero el Gobierno, queriendo exterminarla, optó por el armamento y ese ha sido su gran error. Si no estás de su lado dicen que te van a juzgar y sabes que si te juzgan te matan. Por eso deciden luchar”.

Comunicarse con el conflicto

No podemos olvidar que estamos hablando de personas refugiadas en otros países, que en muchos casos cuentan todavía con familiares, amigos o conocidos viviendo bajo el régimen de al-Assad.

siria_009Kamal no ve a su familia desde hace casi dos años. Después de terminar el servicio militar obligatorio, se fue a su pueblo para ayudar a su gente. Decidieron montar un hospital de campaña en secreto en un sótano porque sabían que estaban actuando en contra del gobierno. “Todos llevábamos una máscara para que nadie nos reconociese. Aunque todo el pueblo sabía que trabajábamos en secreto, nadie decía nada sobre el hospital. Allí la situación era casi insostenible, no había los medicamentos necesarios ni médicos”.

Kamal no vive una situación fácil, su familia continúa allí, separada. Su madre y su hermana acaban de llegar a Líbano y su padre y sus seis hermanos continúan en Siria. “Ellos se desplazaron mientras yo estaba en el hospital de campaña y me tuve que ir sin verles, por eso quiero volver. Esto es muy duro”.

En el caso de Mowafak, que lleva ya más años en Barcelona, todos sus familiares están fuera del país, lo que queda son activistas de manera individual. “En nuestra familia hemos sufrido 13 muertes y no tenemos ningún bien material en Siria, está todo absolutamente destrozado. Tengo once hermanos y ninguno tiene nada”.

Las mejoras tecnológicas y las plataformas sociales son, en muchos casos, un avance para establecer una vía de contacto entre los diferentes países. Mowafak se comunica con sus conocidos a través de internet por Skype, Viber o Whatsapp. “Hoy en día hay programas muy inteligentes que desvían la atención del gobierno y no están bajo su control”. En el caso de Kamal es más complicado, les llama por teléfono tan solo una vez al mes porque su familia no tiene acceso a internet y la llamada es demasiado cara. “Ahora con mi madre puedo hablar por Whatsapp porque están en Líbano con un primo mío que tiene acceso y con mis compañeros que continúan en los hospitales también, porque allí tienen internet a través de satélites”.

A pesar de estos avances, el derecho a la información no es, valga la redundancia, un derecho para la población, ya que los medios de comunicación están todos a favor del régimen. Si ya la distancia en kilómetros es grande, no tener un buen lugar donde buscar información para enterarse de lo que pasa es peor aún. Mowafak explica que aunque está fuera “siempre he formado parte de la revolución interna de mi país. Tengo contactos directos que me informan muy bien de todo lo que ocurre cada día y en cada momento. Hay centros de información allí de los que soy socio. Lo que hacemos desde aquí es coger esa información, traducirlas y hacerlas llegar a los medios de información a todo el mundo. Hay muchas informaciones y opiniones que son totalmente falsas y es una lucha amarga”. Kamal asegura que los medios españoles apenas ofrecen cobertura sobre el conflicto, por lo que accede a través de internet a medios de allí para enterarse, siendo consciente de que la mayoría están manipulados. Él mismo cuenta un episodio que vivió en primera persona y que le reconcome cada vez que lo menciona: “Todo lo que dice la tele que está con el Gobierno son tonterías. Una vez operé a un herido que trajeron unos soldados, que era ciudadano. Yo le preguntaba su nombre y quién le había disparado. Me explicó que estaba con sus hijas en el campo trabajando cuando vinieron unos soldados, les dispararon y él se puso delante, protegiendo a sus hijas. Al día siguiente en la televisión decían que el hombre era un terrorista, que llevaba su arma y estaba luchando. A los cinco días le soltaron. ¿Si era un terrorista como lo sueltan a los cinco días? Es todo falso, son unos mentirosos”.

La mujer como protagonista

La mujer siria ha tenido un papel muy activo desde el inicio de las revueltas y Mowafak y Kamal lo confirman. “Desde el primer momento llegaron mujeres al hospital de campaña para que les enseñásemos cómo reanimar a un herido, como coser heridas de bala, y yo les enseñé a través de cursos. Otras decidieron trabajar como cocineras para los heridos y médicos, y es un gran trabajo. Trabajan muchísimo pero no pueden llevar sus armas y luchar contra el Gobierno”, explica Kamal.

Una hermana de Mowafak es la responsable de prensa de Siria, “toda la información que sale la organiza un grupo de mujeres. La mujer siempre ha trabajado muy duro, mucho más de lo que algunos se puedan imaginar. No se puede disminuir la actividad y la actitud de la mujer siria en esta revolución, tienen un papel fundamental. Lo que todavía no se ha visto es que hayan tenido oportunidades a nivel político”.

El conflicto en cifras

Y mientras pasa el tiempo, Siria camina poco a poco hacia su cuarto año de guerra. ¿Cuál es la solución? ¿Podrá el pueblo derrotar a al-Assad? “La solución no es fácil, son muchos los países que se han metido a luchar por Siria y ahora al-Assad convoca elecciones. ¿Cómo puede ser que la persona que está matando y haciendo sufrir al pueblo con las armas químicas y con su ejército convoque elecciones? El gran perdedor es el pueblo. Son los niños los que están sin ropa, sin educación, sin medicamentos. Son muchas ciudades las que han caído y al-Assad está recuperando sus fuerzas. No hay vida en Siria, cada día se bombardea seis, siete o diez veces”.

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Mowafak cree firmemente en que se derrotará a al-Assad y que lo importante es encontrar a quién dirija el país en el tiempo de transición: “No me importa si es un cristiano, un musulmán, un iraní el que lo haga, lo importante es lo que se va a hacer después de ese tiempo. Hay que eliminar el Parlamento, crear una nueva Constitución, que lo militar vaya a una única institución y dar la oportunidad de presentar un partido político a quién quiera. Puede que yo sea demasiado abierto en ese sentido, otros me llamarían traidor, pero estoy hablando de soluciones, no de sentimientos. Hay que acabar con esto”.

Los datos ponen de manifiesto una situación extrema. Según las últimas estimaciones facilitadas por el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos, el conflicto deja tras de sí más de 146.000 muertos, de los cuales más de un tercio son víctimas civiles. Los últimos datos de Naciones Unidas, que son de julio del año 2013, estimaban más de 100.000 las víctimas mortales pero este organismo dejó de actualizar el balance en enero de este año por no poder recopilar los datos de forma precisa.

Según los datos publicados en marzo por el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), hay actualmente 2.563.434 sirios registrados como refugiados en los países de alrededor, mientras que los desplazados internos supera ya los 6,5 millones, de los 22 millones de habitantes que había en Siria antes de que estallara el conflicto.

Son cifras. Pero no debemos olvidar que lo que hay detrás de esos números son vidas de personas que se ha cobrado el conflicto. Pero ni las cifras ni los kilómetros pueden terminar con la esperanza. Mowafak no la pierde: “Todo tiene su fin. Espero que no entremos en la venganza ni en el odio entre nosotros. Espero que podamos proteger Siria unida y no entrar en divisiones. Hay que trabajar con los niños que están enfermos, garantizar su educación y no quedarnos con una generación analfabeta. Hay que mejorar una realidad y tenemos unos daños que arreglar”.

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